Como si nuestro país, con siglos de exploradores que se lanzaron literalmente al fin del mundo conocido, con una cultura cargada de misterio, de civilizaciones antiguas, de leyendas que aún no hemos terminado de descifrar, no tuviera material suficiente para imaginar el cosmos. Pues sí existe. Y está mucho más viva de lo que la mayoría de lectores creen.
Hoy quiero hablaros de mis novelas de ciencia ficción españolas favoritas: cuatro obras que, desde ángulos muy distintos, comparten una misma obsesión: la de un universo que esconde más verdades de las que estamos dispuestos a aceptar.
El origen: por qué la ciencia ficción española tiene alma propia
Antes de entrar en las recomendaciones, necesito deciros algo que me parece fundamental. La ciencia ficción anglosajona —Wells, Asimov, Clarke, Liu Cixin— nació en muchos casos de una fe casi religiosa en el progreso tecnológico y la razón científica. Es una tradición magnífica, pero fría. Mecánica. El cosmos en esos libros muchas veces es un problema a resolver, un sistema de ecuaciones con variables desconocidas.
La ciencia ficción española, cuando ha funcionado bien, es otra cosa. Hay en ella algo más visceral, más humano, más conectado con lo que los pueblos antiguos sabían y nosotros hemos olvidado. Quizás sea porque vivimos en un país donde el pasado pesa físicamente: las piedras milenarias, los petroglifos, los restos de civilizaciones que no encajan del todo con lo que nos cuentan. Cuando un escritor español mira al cielo, no solo ve ecuaciones. Ve memoria. Y eso se nota en las novelas.
Un género que tardó en encontrar su voz
La ciencia ficción en España tuvo un arranque peculiar, más ligado a la sátira y el humor que al rigor científico anglosajón. Y eso, en lugar de ser una debilidad, resulta ser una fortaleza singular: la capacidad de hacer preguntas enormes con una sonrisa en los labios. Esa tradición llega hasta hoy y explica por qué las mejores novelas de ciencia ficción españolas tienen siempre ese punto de humanidad cálida que las diferencia del resto.
Seis días fuera del mundo de Juan Pérez Zúñiga: el primer viaje español al cosmos
Cuando busco los orígenes de todo esto, siempre acabo llegando al mismo nombre: Juan Pérez Zúñiga. Un escritor madrileño nacido en 1860 que, en pleno 1905, se subió a un armario —sí, habéis leído bien, un armario de luna— y viajó al espacio. Con un jamón de comida. Y con una deuda pendiente con el casero en la Tierra.
Cuando en 1905 escribe Seis días fuera del mundo, Pérez Zúñiga no se propone tanto despertar la imaginación de sus lectores como su sentido del humor. En esto se distingue de sus predecesores, más interesados en ir esparciendo, entre capítulo y capítulo de sus novelas, la clásica moralina tan propia de aquellos tiempos.
La novela ilustra el tipo de humor dislocado, vanguardista, algo dadá, que sería origen de las generaciones de humoristas posteriores. Pérez Zúñiga, el gran representante de la risa en este valle de lágrimas, construyó sin saberlo la primera gran obra de ciencia ficción española con ingredientes completamente propios: ironía, absurdo y una visión del universo que tiene muy poco que ver con la solemnidad germánica o la eficiencia anglosajona.
Por qué sigo pensando en Pérez Zúñiga más de un siglo después
La respuesta es sencilla: porque tenía razón en algo esencial. El espacio exterior, la Luna, los planetas que se vislumbraban desde aquella época, no eran solamente objetos astronómicos. Eran misterios. Las modificaciones que introduce Pérez Zúñiga con respecto a la novela de Wells incluyen la tosquedad de las sociedades extraterrestres descritas, en vivo contraste con la diversidad biológica que encontraban en la Luna los protagonistas de Wells.
Esa visión —la de unos extraterrestres toscos, imperfectos, muy alejados de la divinidad que a veces les atribuimos— me resulta provocadora. Yo creo en lo contrario: creo que las razas que visitaron la Tierra en la antigüedad eran civilizaciones de una complejidad y una profundidad que nosotros apenas podemos intuir.
Pero el hecho de que Pérez Zúñiga ya se hiciera esas preguntas en 1905, con un armario y un jamón, me parece extraordinario. El primer escritor español de ciencia ficción ya sabía que la Luna no era solo una roca. Ya sospechaba que allí arriba había algo que merecía la pena investigar. Que la historia oficial no lo contaba todo.
Mundos en la eternidad Juan Miguel Aguilera y Javier Redal
Si hay una obra que me quitó para siempre el complejo de que en España no se podía escribir ciencia ficción a la altura de Asimov o Clarke, es esta. Mundos en la eternidad de Juan Miguel Aguilera y Javier Redal es, sencillamente, una de las novelas más ambiciosas y logradas que ha dado este país en cualquier género literario.
Una de las obras de ciencia ficción española más importantes y comentadas de las últimas décadas, Mundos en la eternidad es una absorbente space opera disfrazada de ciencia ficción dura, que combina una narración ágil con un consistente trasfondo científico en el que confluyen la biología, la astronomía y la física.
La narración, que se desarrolla en el seno de un cúmulo globular, relaciona la propia e interminable historia de cada uno de los mundos, engarzados con las vivencias del biólogo Jonás Chandra en un futuro eterno. Un extraordinario relato donde conviven la Biología y la Física, la Política y la Religión, con seres humanos y otros... no tanto.
El detalle que me impactó
El origen último de la humanidad
Hay una pregunta que recorre esta novela como una corriente subterránea y que conecta directamente con lo que yo llevo años pensando y escribiendo: ¿cuál es el origen último de la humanidad? No el origen biológico, no el que cuenta Darwin en términos evolutivos, sino el origen cósmico.
La inteligencia que está detrás de todo ello
¿De dónde venimos en realidad? ¿Qué inteligencia pudo estar detrás del diseño de esta especie y de este planeta? La misión del protagonista se convertirá en un nudo de confabulaciones y asombrosas revelaciones sobre los seres que pueblan el cúmulo globular, el origen último de la humanidad y la inteligencia que está detrás de todo ello.
Esa frase —la inteligencia que está detrás de todo ello— podría haber salido perfectamente de un capítulo de El Cabo del Fin del Mundo. Porque es exactamente lo que me propuse contar cuando empecé a escribir mi saga: que hay una inteligencia detrás del universo. No solo un mecanismo. No solo física y entropía.
El cúmulo globular de Aguilera y Redal se convierte en metáfora de algo que yo también siento cuando miro el cosmos: que todo esto tiene un Autor.
La novela empieza como un intenso relato repleto de aventuras, descubrimientos y batallas para ampliar luego el foco e introducirnos en el terreno del tiempo y el espacio a escalas desmesuradas solo entrevistas a través de la física teórica más visionaria: el triunfo de la entropía al final del tiempo, la muerte de nuestro universo y el comienzo de uno nuevo.
La muerte del universo y el comienzo de uno nuevo. Eso es exactamente lo que yo defiendo cuando digo que el Big Bang no pudo surgir de la nada: hubo un universo oscuro antes. Un universo que reventó para formar este. Aguilera y Redal lo convirtieron en ficción española de primer nivel.
Crónicas del Multiverso
De Víctor CondeEl Premio Minotauro 2010 fue para Víctor Conde, y fue merecidísimo. Crónicas del Multiverso es una de esas novelas que te hacen cerrar el libro y mirar al techo durante un buen rato, procesando lo que acaba de pasar. Es una obra que expande los límites de lo que creemos posible en la ciencia ficción en castellano.
La Variedad es una isla de soles rodeada por un inmenso vacío cósmico. Las quince especies inteligentes que habitan en ella están atrapadas, sin posibilidad de escapar, aunque siguen tratando de desarrollar sus civilizaciones. En este escenario los urtianos, misteriosos seres inteligentes que funcionan como un ente colectivo, han comprendido antes que nadie que su realidad se colapsa.
La profundidad filosófica
Crónicas del Multiverso es una trepidante space opera muy bien escrita, llena de acción y ritmo. Pero lo que realmente fascina es la pregunta: ¿qué pasa cuando el universo en el que vives se acaba?
¿Qué merece la pena salvar? ¿La tecnología, la cultura, o algo más invisible que los instrumentos científicos no pueden medir? Esta es la esencia que trato de capturar en mis propias reflexiones.
Dentro de las especies que pasan por la trama, nosotros, la especie humana, ocupamos un lugar intermedio. Ni dioses ni insectos. Esa posición es exactamente la que hace tan angustiosa y tan bella nuestra existencia en el multiverso.
Yo creo que lo que nos distingue del resto es el alma. Conde no lo responde de manera explícita, dejando que el lector navegue por esa bruma de incertidumbre. Yo sí intento profundizar en ello en mi saga.
El Cabo del Fin del Mundo
Después de hablaros de estos tres maestros, me toca presentaros mi propia propuesta. No por vanidad, sino porque creo que completa esta conversación desde un ángulo que los otros tres no abordan: el de la fe, el alma y la certeza de que la historia que nos han contado está incompleta.
Empecé a escribir El Cabo del Fin del Mundo porque no podía dejar de hacerme preguntas que los libros de Historia no respondían. Las pirámides de Egipto, los textos del Majhabarata o las Líneas de Nazca no son simples mitos; son la memoria de algo que ocurrió y que después decidimos enterrar bajo el peso del olvido.
Sincronía con la Tradición Española
Hay un hilo que conecta a los grandes del género en nuestro país con mi obra: la convicción de que el universo no es un mecanismo vacío. Mientras otros lo construyeron con ciencia dura o space opera, yo lo cuento con fe: con la certeza de que hay un Creador y que el alma es real e inmortal.
La saga arranca en Finisterre, el lugar donde la humanidad creyó que el mundo terminaba. Pero lo que hay más allá no es solo océano; es el cosmos entero, razas antiguas y batallas ancestrales entre el bien y la corrupción del alma.
Ciencia ficción sin miedo a lo espiritual
Lo que diferencia mi propuesta es que no tengo miedo de lo espiritual. No lo escondo detrás de metáforas científicas. El alma existe. Hay una inteligencia detrás del universo y razas que lo saben desde hace eones. Esto no es misticismo vacío, es la conclusión lógica de décadas de estudio de civilizaciones antiguas y astronomía comparada.
EXPLORACIÓN FINALIZADA
Deslice para ver la conclusiónEl Horizonte Estelar
La ciencia ficción española tiene algo que el mundo necesita leer.
Cuando miro estas cuatro obras juntas —la de Pérez Zúñiga con su armario lunar y su jamón, la de Aguilera y Redal con su cúmulo globular y su inteligencia oculta, la de Víctor Conde con su universo que agoniza, y la mía con sus petroglifos gallegos y sus almas inmortales— veo una tradición que no tiene nada que envidiar a ninguna literatura del mundo.
Una tradición que, a su manera peculiar, siempre ha hecho la misma pregunta: ¿Y si todo esto tiene sentido?
La ciencia ficción anglosajona, en su vertiente más dura, suele responder: tiene sentido físico, matemático, calculable. La nuestra tiende a ir más lejos. Tiene sentido espiritual. Tiene sentido histórico. Tiene sentido porque hay un Creador que lo quiso así, y porque hay seres —en la Tierra y en el cosmos— que lo saben desde hace mucho más tiempo que nosotros.
Las novelas de ciencia ficción españolas que os he recomendado hoy tienen eso en común: no se conforman con la respuesta oficial. Y eso, en un género cuya razón de ser es imaginar lo que aún no sabemos, es exactamente lo que debería ser.
Si alguna de estas obras no está en vuestra estantería, ya sabéis lo que os toca. El universo os está esperando. Y prometo que es más grande, más antiguo y más maravilloso de lo que os han contado.

